Las palabras que hoy utilizo como título para esta entrada, como todos ustedes saben, hacen referencia a la llamada de socorro internacional utilizada en la navegación aérea y marítima. Pero “Mayday”, es también el título de una serie de televisión que emite el canal National Geographic y que descubrí casualmente hace tan sólo unos meses.
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| Fuente: desmotivaciones.es |
La mencionada serie la he visto y la veo siempre que tengo oportunidad -me ha gustado mucho- y, por supuesto, la recomiendo a quien no la conozca, pero con una reserva: quien tenga miedo a volar quizá es mejor que se abstenga, pues, por más que el transporte aéreo sea muy seguro, ver algunos episodios puede causar la sensación contraria si uno está predispuesto a ello. Por esta razón, no dejaré aquí ningún enlace directo al mencionado programa, quien quiera llegar a él podrá hacerlo con facilidad y quien no lo desee, en lo que a mí respecta, no podrá verlo ni por error.
“Mayday”, hace una exposición dramatizada de la investigación de diversos accidentes aéreos y desde el primer episodio que vi me asaltó el envidiable deseo de que se hiciese lo mismo con los accidentes de tráfico. En realidad, hace muchos años que me resulta incomprensible que en España y otros muchos países no se investiguen las causas de los accidentes de automóviles, o se haga sólo de forma puramente anecdótica y, que incluso en estos casos, nunca se publique ni un resumen de dichos estudios en los medios de comunicación generales.
Lo dicho, debería estar haciéndose por lo menos desde la década de los sesenta de forma sistemática. De acuerdo que hay muchos más accidentes de automóviles que de aviones, y quizá sea imposible investigar todos aquellos en profundidad, pero qué menos que estudiar un cierto porcentaje de los mismos: los más aparatosos, los más graves, aquellos en los que resultan heridas de gravedad personas, o con lesiones irreversibles, con muertes de por medio... Si no, ¿cómo establecer medidas preventivas verdaderamente eficaces? Miles y miles de veces nos han dicho que “los siniestros viales” -como se da en denominarlos ahora- son una plaga, pero cuando surge una epidemia a nadie se le ocurre aplicar un tratamiento sin antes investigar para hallar el diagnóstico y seguir después estudiando para saber cómo curar el mal y evitarlo. Es elemental.
¿Cómo se atreven nuestros políticos a legislar “por nuestra seguridad” si ni siquiera saben en qué consiste? ¿Por qué se gastan tanto dinero en campañas de “sensibilización” y “concienciación” -constantemente, cientos de miles de euros cada año- si ni ellos mismos se aplican el cuento ni se lo creen? No comulgo con esa milonga de concienciar, ¿quién no conoce de cerca a personas que han sufrido accidentes? Pues si con eso no basta... Y, efectivamente, a la mayoría no les sirve de nada porque creen que sólo es una cuestión de suerte, por lo tanto se ponen al volante con una consciente mordaza para silenciar su razón, su criterio y buen juicio, no vaya a ser que escuchen sus demandas de invertir más esfuerzo y trabajo en conducir mejor, rindiendo su voluntad en el asfalto con una fatalista actitud. ¿Cómo no van a manejar tantos conductores con miedo?
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Generalmente, esta labor tiene por objeto delimitar la responsabilidad civil
y penal (si procede) de las personas implicadas en un accidente; saber a quién
le toca pagar, vaya. Para conocer las verdaderas causas que provocaron el accidente,
normalmente, hay que ir más allá. Bastante más allá.
Fuente: www.que.es |
Entre tanto, ellos, los políticos, legislan cual rayo que no cesa (que diría Miguel Hernández), lenta pero incansablemente, escribiendo en el BOE como en un vano intento de acallar la responsabilidad de sus conciencias justificándose ante sus votantes con la complicidad de los medios sin más logro que hacer cada vez más farragosa e innecesariamente amplia la Ley de Tráfico y Seguridad Vial y los distintos reglamentos que la complementan. Justo todo lo contrario de lo que debería ser una buena ley de tráfico: sencilla, concisa, clara, breve, estable en el tiempo y respetada por todos los partidos políticos, independientemente de cuál gobierne u ocupe la oposición. Un marco legal que pudiera ser fácilmente entendible por un niño de diez años, o un adolescente de quince, si me apuran mucho.
Cuánto mejor sería que se gastaran el dinero de todos, primero en educar y en formar desde la infancia, después en financiar programas realizados por personas verdaderamente independientes que muestren las raíces de por qué los automóviles chocan o se salen de la vía, que expliquen cómo se puede evitar y divulgarlo. Sería mucho más barato y mucho más eficaz.
Estos programas deberían emitirlos permanentemente por televisión de forma regular y tenerlos también disponibles en Internet, haciéndolos formativos y amenos, elegantes y ausentes de todo morbo, sin inducir al miedo, sin juzgar, asépticos como un quirófano, buscando las raíces causantes de cada accidente estudiado con seriedad y rigor en base a preguntarse reiteradamente “por qué” hasta llegar a ellas. No basta con descubrir que uno de los conductores implicados, por ejemplo, manejaba con una tasa de alcohol en sangre superior a la permitida, por más que sea una infracción (o incluso un delito) no necesariamente ha de ser la causa del accidente; y por supuesto, también puede ocurrir lo contrario.
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Hace muchos años que debería existir una entidad semejante a esta (CIAIAC)
para investigar los accidentes de tráfico.
Fuente: www.fomento.gob.es |
Como resultado de muchas de estas investigaciones, lógicamente, se deduciría la incorporación de nuevas medidas, anulación de algunas de las existentes o cambios en las mismas en cualquiera de las áreas implicadas: formativa, médica, psicológica, técnica (tanto en lo relativo a vehículos como a carreteras), policial, resto de servicios de emergencia, etcétera. Y legislativa, desde luego, siempre que proceda, pero al menos se acabaría con la perversión de dictar normas por razones tan difusas y abstractas como “la alarma social”, la influencia en la intención de voto de los electores o la sumisión del poder ejecutivo a la presión de numerosos grupos (auténticos lobbies) con intereses en la seguridad vial, casi nunca inocentes y casi siempre culpables de declarar un falso “sin ánimo de lucro”.
Hasta ahora, cuantos conducimos en España y a pesar de tantas décadas con el automóvil formando parte de nuestras vidas, hemos tenido que aprender las posibles causas de los accidentes de tráfico y las distintas medidas que podemos adoptar para evitarlos de la experiencia ajena, en primer lugar, y de la propia (y ambas) después. Un servidor tuvo la buena suerte de poder ser testigo de muchas conversaciones entre camioneros y viajantes mucho antes de que pudiese empezar a conducir, y aunque era muy niño había detalles que hice míos, que me acompañaron siempre, que sin duda me salvaron la vida en varias ocasiones, que aún siguen siendo perfectamente válidos y que si Dios me da salud suficiente no olvidaré jamás. Nunca agradeceré lo bastante lo que me enseñaron aquellos hombres, sin intención alguna -curiosamente- ni por su parte ni por la mía; y aunque ninguno de ellos pueda leer esto ya, tampoco puedo acabar este párrafo sin dedicarles una palabra con aquel mismo corazón que todavía late por aquí (creo): ¡Gracies!
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Tengo entendido que el guepardo es el animal más rápido en tierra
y que tiene marcas de velocidad registradas de hasta 115 km/h.
Fuente: www.planetacurioso.com |
La historia de aviones y automóviles tiene su cuna en un par de sueños acariciado durante miles y miles de años. No puedo saberlo, claro, pero me siento completamente convencido de que nuestros más remotos antepasados, en cualquier lugar de este planeta, se quedaban fascinados viendo correr a algunos animales mucho más rápido que ellos y observando el vuelo de las aves. No puedo saberlo, pero después de todo, aún llevamos una ingente cantidad de información genética de nuestros viejos padres, y, mal que nos pese, después de todo, aún estamos muy cerca de la caverna de la que hemos salido.
La historia de automóviles y aviones se entrelaza en numerosos puntos a lo largo de poco más de cien años, uno y otro invento se han beneficiado mutuamente de algunos de sus distintos avances; ambos han recibido los mismos fuertes impulsos, justo cuando la humanidad ha sufrido sus peores tragedias, a saber: las dos guerras mundiales. Pero esta funcional correlación, hasta ahora y que yo sepa, siempre ha sido lógica. Sin embargo, de pocos años acá, se porfía en aplicar al automóvil dos aspectos muy propios y lógicos de la aviación, perfectamente naturales en ese ámbito pero, en mi opinión, ajenos a las circunstancias de la carretera. Me refiero al piloto automático (conducción autónoma) y a la caja negra.
El piloto automático en un avión, básicamente, controla tres parámetros fundamentales: velocidad, rumbo y altura. Hace el vuelo más cómodo y seguro porque descarga notablemente de fatiga la permanente atención que tendrían que llevar los pilotos si navegasen en visual, no obstante, al menos van dos pilotos al mando y asumen la responsabilidad del vuelo. El avión se mueve en un espacio enorme y en tres dimensiones, y, aunque hay aerovías trazadas, en cualquier momento, si fuese necesario se puede “construir” otra, por así decirlo. Por si fuera poco, los vuelos comerciales están todos previstos de antemano y supervisados por controladores aéreos en comunicación permanente con los pilotos. En estas condiciones, creo que es evidente deducir que el piloto automático es algo lógico y perfectamente natural en la aviación comercial. Pero en las carreteras no se dan estas circunstancias, ni hay tres dimensiones, ni los coches son conducidos en su mayoría por profesionales, etcétera. Además, no basta con controlar velocidad y rumbo, y pueden darse muchos factores difícilmente previsibles que interfieran en la marcha del automóvil. En fin, comparar el piloto automático de aviones y coches es mucho más heterogéneo que hacerlo entre las churras y las merinas.
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Cóndor de los Andes
Considero imposible que esta imagen y la anterior dejen indiferente a
nadie por mucho que nos remontemos siglos y siglos atrás.
Fuente: www.panamericanworld.com |
La caja negra. Dado el carácter catastrófico de tantos accidentes aéreos (por más que el porcentaje de los mismos sea muy pequeño) en los que no hay un sólo superviviente me parece lógico que exista este dispositivo, de lo contrario los únicos testigos serían los controladores aéreos pero estos pueden ignorar detalles como la potencia que se está utilizando de los motores o la posición de los distintos timones, por ejemplo, datos importantes que (entre otros) sí quedan registrados en la famosa caja y pueden aportar una muy valiosa información para esclarecer las causas del accidente, ardua tarea de por sí en los accidentes de aviación. Sin embargo, en la carretera es mucho más fácil determinar la causa de un accidente sin necesidad de llevar un espía electrónico en nuestro coche, cuya labor principal, mucho me temo que nada tenga que ver con nuestra seguridad sino con establecer un férreo control sobre el individuo, una vuelta más de tuerca (o varias) en pro de lograr una sociedad sumisa dispuesta a soportar cuantos ataques consideren precisos a su libertad lanzados por quienes de verdad detentan el poder y cuya ambición por incrementarlo carece de todo límite. Así pues, ¿conducción autónoma y caja negra en automóviles? No, gracias.
Esteban
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