Y el abajo firmante como testigo. La historia se remonta a las primeras horas de la tarde de un 22 de marzo de 1990, un día algo desapacible y lluvioso, aunque en esas horas no llovía; húmedo y algo fresco. Yo estaba dando clase de maniobras (aún se hacían en pista y nunca debieron quitarlas) en una explanada destinada a estacionar, al lado de la playa de La Arena, en Muskiz (Vizcaya), a unos 30 km al oeste de Bilbao.
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Panorámica de la playa de La Arena, uno de mis lugares preferidos de trabajo. Fuente: www.magrama.gob.es |
Parte de las mencionadas clases siempre se daban dejando al alumno solo en el coche, puesto que así se hacían las pruebas en circuito cerrado el día del examen, así que me encontraba andando cerca del alumno en tanto este hacía los ejercicios propuestos, concretamente y en aquel momento: estacionamiento en línea a la derecha.
Como pueden imaginar, un día así y en aquel lugar, apenas había coches; en movimiento, sólo con el que yo trabajaba entonces y unos pocos estacionados en la otra punta. Ese aparcamiento era y es un lugar solitario y seguro salvo en verano o días con buen tiempo. Pero enseguida tuvimos compañía, entró un pequeño y viejo Fiat con un hombre joven al volante y una mujer de mediana edad a su lado. Pararon y se cambiaron de asiento, por lo que deduje que el joven se disponía a dar clase a la mujer, y así fue.
Se detenían, arrancaban y sobre todo circulaban haciendo distintos cambios de marchas pero sin acercarse al espacio en el que estábamos mi alumno y yo. Desde luego el coche no era de autoescuela ni tenía ningún distintivo, a excepción de la “L” de novel, por lo que tampoco tenía licencia de aprendizaje por libre (“L” blanca sobre fondo rojo) ni, por supuesto, doble mando. Lo de hacer muchos cambios de marcha, llegando por lo menos hasta tercera, reducir a segunda y repetir esto en ambos sentidos un montón de veces, acelerando casi siempre más de lo necesario por temor a que el motor no pueda con el tercer desarrollo del cambio es casi, o sin casi, una auténtica y errónea obsesión de quienes intentan enseñar a conducir a otras personas antes o durante su paso por la autoescuela, como también lo es que el motor no se cale.
Naturalmente, yo tenía un ojo puesto en mi alumno y el otro en mi espontáneo colega, cuya alumna, castigaba duramente al pobre y veterano Fiat subiendo y bajando marchas a partir un piñón; aceleraciones excesivas, haciendo patinar el embrague, dando tirones... Daba dolor. Es el día de hoy que cuando voy andando por la calle y escucho un chasquido metálico al insertar marcha atrás o primera siento como una punzada en el estómago, no lo puedo evitar.
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El satélite de Google me desmiente, sin duda pasó por aquí en verano. Fuente: Google Maps |
En eso estábamos todos cuando, como pude saber muy poco después, madre e hijo pararon más o menos en mitad de la explanada. Estuvieron así unos segundos y bien pensé que se darían una tregua a ellos mismos y al coche, lo que buena falta les hacía, pero no, la mujer reanudó la marcha enseguida, giró a la derecha con aceleración en aumento y embrague a medias, puso el coche perpendicular a una pequeña acera y un muro bajo que delimitaba la zona de estacionamiento con la arena de la playa, soltó embrague, aceleró a fondo, rugió el motor y despegó hasta quedar el coche detenido y sacando humo con la parte superior del mismo encima del pequeño muro.
Supongo que gracias al bordillo de la acera, el coche quedó encima del muro y no estampado contra él, lo que seguramente hubiese tenido consecuencias mucho peores, pues por no llevar, no llevaban ni los cinturones puestos, “¿qué va a pasar por practicar un rato en un sitio tan tranquilo como aquel, verdad?” todos hemos oído esta tontería y otras semejantes miles de veces.
Paré el motor de mi coche, tensé el freno de mano, le dije al alumno que no se moviese y corrí hasta el lugar del accidente -dudo que hubiese más de 100 m-, paré el motor del Fiat y tiré las llaves al suelo del coche; comprobé que no perdía combustible (era de gasolina) y me pareció que no había riesgo de incendio. En tanto, el joven salió por su propio pie aparentemente intacto y sin un rasguño, yo pude abrir la puerta donde estaba sentada su madre sin ninguna dificultad, se encontraba aturdida pero consciente, sangraba por la nariz y tenía señales de golpes en la cara porque había dado con ella contra el volante. Pero por lo demás parecía estar bien, no obstante, hablé con ella y le recomendé que no se moviese hasta que llegase la ambulancia, había y hay una pequeña base de la DYA a unos 10 minutos o menos y suponía que alguien habría llamado ya desde alguno de los bares próximos y desde los que se ve el aparcamiento, cosa que me confirmaron enseguida unos pocos hombres que se acercaron desde aquellos.
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Detalle del lugar del accidente. Fuente: Google Street View |
La mujer que conducía no puso pegas para seguir sentada en el coche, le di el pañuelo que llevo para limpiar las gafas y le dije que inclinase un poco y suavemente la cabeza hacia adelante y se tapase las fosas nasales mientras respiraba por la boca, no parecía alterada, veía que su hijo estaba bien, y hablamos con bastante normalidad; entonces fue cuando ella y su hijo me dijeron que él se había sacado el carnet esa misma semana, que ella se animó también y que querían hacer algunas prácticas con el fin de ahorrar un dinero... No les culpo, menos en aquel momento, claro. Es una idea sumamente extendida, pero he comprobado hasta la saciedad que, salvo contadisimas excepciones no sólo no sirve para nada sino que hasta es contraproducente, pues NO se ahorra, se gasta más.
Aquella señora también me dijo espontáneamente que ella quería frenar, que por eso había pisado a fondo, que su hijo le gritaba que frenase, que creía que lo hacía, pero también que al coche le pasaba algo... Este error sucede con bastante frecuencia en la autoescuela, y no pocas veces persiste después de salir de ella, de ahí tantos “inexplicables” accidentes que se dan en vías urbanas. Pero podemos curarnos en salud, es sencillo, gratis y está al alcance de todos: desarrollar el hábito de pasar el pie derecho al pedal del freno cada vez que soltemos el acelerador. Muchas veces será un gesto inútil -pero entrenamos-, otras nos salvará la vida y la de otras personas. Lo he dicho más veces por aquí, me lo enseñó el profesor que tuve en la autoescuela, y nunca se lo agradeceré lo bastante porque estoy convencido de que me ha salvado en muchas ocasiones. Además, inspira muchísima tranquilidad y ayuda de igual modo a evitar el miedo a conducir. También es fundamental darse cuenta de que, generalmente y casi siempre, el riesgo de accidente que se presente o generemos disminuye hasta desaparecer en la misma proporción en la que se baje la velocidad.
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| Posición en la que quedó el coche. |
Llegó la ambulancia en el tiempo previsto, me despedí de aquella madre y de su hijo después de darles mis datos por si pudiese hacer falta para dar el parte al seguro, o para lo que quisieran, y me fui con mi alumno. Recogí palos y conos y hablamos unos minutos en el coche y en días sucesivos. Tenía los ojos como platos, no quería conducir (le animé, y al final se animó y lo hizo) y no se acababa de creer que se hubiese producido aquel accidente “¡si iban despacio y casi se matan!” Le dije, y lo repito, que no sé exactamente qué velocidad llevarían, desde luego, pero dudo mucho que tan siquiera hubiesen llegado a 30 km/h. Tanto nos han metido en la cabeza (y siguen erre que erre) que la velocidad es la causa de todos los males que nos cuesta Dios y ayuda entender que a velocidades muy bajas también pueden producirse, y se producen, accidentes letales. Nos han inyectado un veneno directamente en sangre, de ahí que tantas personas a velocidades “bajas”, bajen tanto la guardia (valga la redundancia), hasta el punto de que a muchos conductores les parece perfectamente normal aprovechar a leer o escribir mensajes en sus teléfonos, y cuando estos no existían, ir ensimismados en pensamientos que nada tenían que ver con el tráfico.
Me han preguntado miles de veces alumnos y padres qué me parece si estos últimos les enseñan algo a conducir para ahorrar algunas clases, y quien dice padres, por extensión, dice también amigos, novios, esposos, tíos, primos, sobrinos y demás familia. Mi respuesta es NO, rotundamente NO. A pesar de que antes mencioné excepciones, mi repuesta a esta cuestión es negativa en términos absolutos porque, hoy por hoy, en España conducir sin permiso es delito, del que también puede ser imputado quien enseña o presta su coche para ello por “colaborador necesario”, y el Código Penal contempla pena de prisión de tres a seis meses por ello. Es un asunto muy serio, les invito a que consulten el BOE. En la fecha de la historia que he contado sólo era sanción administrativa, aunque en caso de accidente podía convertirse en delito; como sanción, si mal no recuerdo la multa máxima eran 50.000 pesetas, una cantidad muy respetable en aquel tiempo y que, desde luego, en poder adquisitivo era bastante más dinero que los 300 euros a los que equivale aritméticamente ahora.
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No debería ser necesario, pero mejor recordarlo siempre. Fuente: Código Penal, en el BOE |
En este país, muchas personas se expresan ante posibles sanciones, multas, delitos y penas, exactamente igual que si no se las creyesen, es algo que me llama poderosamente la atención y que he visto en todas mis edades y a todo tipo de personas. No sé si en otros lugares del mundo sucede algo parecido, aquí me parece una actitud mezcla de maldad y envidia (parece que lo malo sólo les pasará a otros) aliñada con un optimismo entre ingenuo y suicida.
La pena de tres a seis meses de prisión puede ser conmutada por trabajos en beneficio de la comunidad entre treinta y uno a noventa días o multa de doce a veinticuatro meses. Esta multa puede ser de 2 a 400 euros diarios, por lo que oscilaría -según ingresos probados- entre un mínimo de 720 euros a un máximo de 288.000. El delito genera antecedentes y un quebrantamiento de condena -volver a conducir sin haber cumplido la pena, por ejemplo- sí supone ingreso en prisión. Conozco el caso de un hombre que debido a reiterados quebrantamientos de su condena por conducir sin tener permiso, de forma intermitente, lleva acumulados cinco años de cárcel. Sin comentarios.
Dejando a un lado los aspectos legales, lo más importante creo que es darse cuenta de que realmente, enseñar a conducir entre amigos y parientes, como ya dije, no es nada efectivo y hasta puede provocar el efecto contrario; cuando me plantean esta cuestión siempre pregunto si el familiar o amigo que va a enseñar lo hará por las zonas donde probablemente se realizarán los exámenes, a lo que siempre responden con un rotundo y espontáneo no. Y es lógico, van sin doble mando. ¿Entonces?
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¿De verdad hay alguien que lo pueda dudar? Fuente: Linkedin |
Bien es cierto, que podrían enseñar a realizar algunos ejercicios como iniciar la marcha y detenerse, coger el punto al embrague y mover el coche sin acelerar, algunas maniobras, algunos cambios de marchas... y poco más; pero, normalmente, suele haber unas diferencias muy notables entre cómo lo hacen estas personas que quieren enseñar y cómo debe hacerse verdaderamente, lo que no hará más que generar confusión y conflictos cuando los alumnos comiencen a practicar en las autoescuelas, por esto decía antes que al final suele salir más caro. Por otra parte, es muy llamativo que una vez que los alumnos tienen su permiso, casi nadie está dispuesto a ir con ellos en coche con el fin de que practiquen y se perfeccionen, precisamente cuando sería perfectamente legal, lo que resulta muy significativo respecto al verdadero interés: importa muy poco la idea de conducir bien para lograr la máxima seguridad lo antes posible, importa la falsa ilusión de ahorrar un dinero. Lástima.
Todos estos argumentos, y más que podría dar, los resume muy bien un viejo refrán por todos conocido: “Zapatero a tus zapatos”. De la historia que conté ignoro algunos detalles, no sé si el seguro del coche se hizo cargo de los daños en el muro, lo más probable es que no lo hiciese; de ser así, al precio de repararlos hay que sumar los producidos en el coche (era viejo, luego no podía estar asegurado a “todo riesgo”). Sin duda, aquella clase salió muy cara, probablemente más que un curso completo en la autoescuela. Pero tuvo un final feliz: sólo lesiones muy leves que ni dejaron como recuerdo una mínima cicatriz, a Dios gracias, y nunca mejor dicho, porque poco faltó para haber tenido un precio impagable.